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EL PASO DE LA INFANCIA A LA ADOLESCENCIA

Cada etapa en el desarrollo de nuestros hijos exige de nosotros, sus padres, nuevos desafíos, nuevos retos, nuevas experiencias y por supuesto, nuevos sinsabores.

Durante la infancia, la convivencia con los hijos es muy divertida, porque casi siempre está presente un componente de ingenuidad que hace que hasta las cosas que sean molestas, con el paso de tiempo se conviertan en anécdotas chistosas.

Además la admiración al padre es casi algo natural, entonces es muy fácil encontrar satisfactores y alegrías en esas experiencias. Generan mejoría en nuestra autoestima, porque para los niños sus padres son intrépidos, valientes, sabios incluso hasta “sobrenaturales”.

Durante la infancia, ni siquiera es tan relevante si son niños o niñas, porque hay muchas actividades que se pueden hacer con ambos, obviamente hay algunas que si son muy de género, pero actividades padre-hijo(a) son esencialmente las mismas.

Sin embargo, al llegar la adolescencia los hijos(as) empiezan a mostrar de manera más clara su personalidad y los cambios hormonales hacen que se defina más claramente las características que lo definirán como persona pro el resto de sus días.

Además, el papá “todopoderoso” empieza a degradarse a persona normal con virtudes y defectos. Ya no se da por hecho que si lo dijo mi papá es cierto, ahora hay que explicarles con detalles, hasta demostrarles cada cosa que se les dice o se les pide, porque ellos(as) con el acceso a la información que da el Internet, tienen todas las respuestas, saben todos los detalles y la relación padre-hijo(a) se torna, en muchas ocasiones, distante y fría.

Por eso es tan importante, aprovechar la etapa infantil para desarrollar los vínculos individuales con cada uno de nuestros hijos(as) porque en la adolescencia es un poco más complicado, por las razones que comentaba en el párrafo anterior. Pero tampoco es que sea imposible, porque también en esta etapa desarrollan una afición mayor ya sea por algún deporte, la música o alguna actividad especial.

En todas las generaciones de padres, la etapa más difícil para la convivencia con los hijos(as) es la adolescencia, sin embargo para mí, si hay una gran diferencia entre nuestra generación como padres y las anteriores generaciones, digamos las generaciones previas al internet, porque ahora, los adolescentes que para esa edad dominan a la perfección la navegación en Internet, ya tienen todas las respuestas y ya saben más de lo que necesitan saber a esta edad, entonces ya no es fácil convencerlos de la postura que como padres quisiéramos que tomaran.

Si a esto le sumamos que ya empiezan a estrechar las relaciones con amigos(as) y que la opinión de estos(as) es tan relevante y a veces incluso más que la opinión de los padres, pues la complejidad aumenta. Pero como decía al principio, cada etapa en el crecimiento de los hijos(as) significa nuevos retos desafíos, así que debemos de adaptarnos a esta nueva realidad, donde los hijos pasan a ser “sabelotodo” y si no somos capaces de entrar a su mundo, cada opción de interacción con ellos(as) acaba en una discusión más que en una anécdota que recordar para el futuro.

En muchas ocasiones como padres, usamos nuestra carta de “autoridad” y con ella controlamos cualquier reacción de nuestros hijos(as), pero esta es un arma de doble filo, porque si bien nos permite conservar el control de la relación, hace que esta sea menos cercana, menos relevante y más prescindible.

Y esto es importante, porque como lo he comentado en varios escritos anteriores, la principal función del padre es la de ser guía de sus hijos(as) y para poder guiarlos hay que estar cerca de ellos, pero no solo cerca físicamente sino emocionalmente también y en la medida que recurramos al “Porque lo digo yo” demasiadas veces, la cercanía emocional requerida no se alcanza y pasamos de disfrutar la convivencia con cada uno de nuestros hijos(as) a soportar o incluso sufrir esa convivencia y generar una ambiente de distanciamiento, que generalmente no se queda en el distanciamiento con ese hijo(a) en particular sino con todos los que tengamos.

Entonces, ¿Qué hacemos con un hijo(a) adolescente que se cree que sabe todo y que tiene todas las respuestas? Pues se debe negociar, no imponer. Tendremos que invertir mucho más tiempo y paciencia de la queríamos o pensábamos invertir y través del razonamiento con el(la) lograr encontrar puntos de concordancia, que nos permitan, aunque no estemos de acuerdo, seguir mostrando el liderazgo que siembre las dudas necesarias a lo que leyeron o escucharon para que tengan que investigar más a fondo y la conclusión a la que lleguen sea suya y no simplemente seguir la del amigo popular o determinado portal o red social.

Y es fundamental mantener ese liderazgo, porque sin importar que en cierta etapa de su vida, los hijos(as) se vuelvan en contra de la autoridad que significan sus padres y puedan cuestionar, las decisiones que como padres tomamos, el tiempo, que es el juez más justo, irá poniendo a cada uno en su lugar y al llegar a etapa de adulto joven, nuestros hijos requerirán de nuestra guía para el inicio de la toma de la decisiones que, ahora sí, marcarán su futuro, tanto en lo social, como en lo profesional.

Si a pesar de las diferencias con las que tuvimos que lidiar durante su adolescencia, mantuvimos una imagen de liderazgo, se acercarán a nosotros para hacernos participar en la toma de estas decisiones y podremos ejercer su misión de guías para ayudarles a que sean ellos, los que tomen las decisiones pero después de haber analizado todas las variables involucradas.

En los grupos de padres, nos encanta hablar y hasta presumir de los logros de nuestros hijos(as) pero lo que más alegría nos da, es que nosotros hayamos sido partícipes, mediante apoyos, consejos, bromas de sus decisiones. No necesitamos que nadie nos lo festeje, aunque a fuerza de ser honestos, nos gustan que lo hagan, pero si logramos ser parte de estos primeros éxitos o logros de la etapa adulta de nuestros hijos(as) es mucho más probable que lo sigamos siendo en todos los que estén por venir.

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